A los enemigos del fútbol :

Hay un tipo de antifutbolero, muy extendido, que hace de su militancia contra el fútbol el argumento máximo para defender su SUPUESTA inteligencia.

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martes, 1 de noviembre de 2011

This is the end of the road...


Bueno no era un secreto , lo evidente se hizo oficial : simplemente se me acabaron los ánimos - y la inspiración- de seguir con esto. Así que de momento este proyecto pasa a mejor vida , aunque uno nunca sabe , quizá algún día un apocalipsis de muertos vivientes haga que los restos de este blog se levanten de su tumba a perseguir el alma maldita del Real Madrid , de CR7 o hasta incluso el mismísimo Club América.

Por lo pronto agradezco a los lectores de mas de 20 países diferentes que hicieron posible 16 000 entradas.


Andric.

miércoles, 26 de enero de 2011

Entre metrosexualidad y mariconerías



Por Félix Fernández

Recuerdo, cuando la metrosexualidad comenzaba a invadir el futbol profesional, ser parte de un plantel en el que el vestidor se confundía con un camerino antes de los partidos: 4 o 5 jugadores dedicando tiempo a su embellecimiento previo a las cámaras; uno colocándose lentes de contacto de color, otro rizándose el pelo, uno más perfumándose, el resto acomodando las cintas del cabello o las pulseritas con mucha precisión. Quizá lo único que faltaba en ese momento eran los focos alrededor del espejo, cuando quizá lo indicado sería realizar estiramientos, repasar movimientos y generar adrenalina con el olor a sudor y presión que se desprende en esos instantes... ¿Mariconerías?

Lo cierto es que nuestro entorno social y nuestra vanidad se van incrementando de tal forma que ya no nos basta lo que antes nos era suficiente. Un día comenzamos a desarrollar obsesiones y mañas, que pronto se convierten en mariconerías.

Entre la infancia y la adolescencia cultivamos amistades tan fuertes que influyen en nosotros de manera sólida, al menos hasta que otras circunstancias les desplazan: así aprendimos a vestirnos sencillo, a peinarnos con las manos, a viajar en transporte colectivo, ligeros de equipaje, a escuchar rock and roll y a divertirnos sin dinero. De la misma forma empezamos a jugar futbol con un solo par de zapatos, sin bañarnos después, a lavar nuestros uniformes, a enrollar nuestras vendas y a cambiarnos a un costado de la cancha, sin vestidor. En ese entonces las mariconerías no cabían, aunque ya se encontraban en la etapa del deseo.

José Bleger, en "Psicología de la conducta", establece 3 "series complementarias" de causas que no actúan independientemente, lo que actúa es la resultante de su interacción. La primera se da por factores hereditarios y congénitos; la segunda por las experiencias infantiles. La tercera por factores desencadenantes o actuales. En otro texto Bleger se refiere a una cuarta serie que se relaciona con las expectativas sobre lo que cada persona quiere llegar a ser o a hacer. Estas "series complementarias" están presentes en toda conducta.

Poco tiempo después la metrosexualidad en el futbol estableció que era necesario quitarse el vello del cuerpo, para lo que algunos vestidores contaban con una rasuradora común; conducta (¿o mariconería?) con la que todo jugador debió estar de acuerdo y convencerse.

Metrosexualidad o mariconerías, no importa, lo cierto es que los patrones de conducta, en teoría, pretenden distinguir a cada uno de inicio, o al menos esa es la intención; pero terminan por camuflar e igualar en las costumbres y modas a esta determinada población que se llama: futbolistas.




lunes, 20 de diciembre de 2010

El bostezo de los hipopótamos



Por Juan Villoro

escritor - Premio de Periodismo Rey de España 2010




Cada cuatro años, futbolistas de plástico salen en forma coleccionable de las cajas de cereal y la televisión se llena de semidioses que anuncian desodorante. El consumo se disfraza de épica y las tribus aguardan goles redentores.

El gran futbol ocurre en la Champions, máxima reserva de la calidad y el temple competitivo. El Mundial es otra cosa: la versión geopolítica del anhelo, la oportunidad de sentir que todos estamos ahí. Su mayor virtud es que ocurre cada cuatro años, tiempo suficiente para que la esperanza sea más atractiva que la realidad.

Sudáfrica prometía mucho: la Copa se disputaba en el continente del origen, del que depende el futuro del futbol. Pero sólo Ghana protagonizó juegos de alto dramatismo.

La fiesta fue notable en lo que toca al estruendo de las vuvuzelas, pero faltaron partidos con volteretas, goles de embrujo, figuras decisivas, asombros de último minuto. El trofeo al mejor jugador se lo llevó Diego Forlán, quien chutó con calibrada puntería en nombre de Uruguay, esforzado cuarto lugar. Por culpa de Holanda, la final fue una versión campestre de El Club de la Pelea y el campeón brilló menos de lo que merecía.

El Mundial 2010 provocó un safari televisivo de etnias y jirafas. En los estadios la cacería fue menos vistosa. La afición bostezó más que los hipopótamos. Pocas jugadas se recordarán tanto como el waka-waka de Shakira.



Con excepción de Italia '90 y Estados Unidos '94, ningún Mundial había sido peor. Tampoco se puede decir mucho de los Mundiales de 2002 y 2006.

Y pese a todo, el público no deja de aportar penachos, máscaras y maquillajes. El Mundial es, ante todo, un gran pretexto para disfrazarse en las tribunas.

Algunos estrategas perjudicaron a sus equipos. Dunga militarizó la samba y Maradona entrenó con besos y abrazos. Brasil y Argentina podían dar más.

Pero la principal responsabilidad de los desfiguros es de la FIFA, reguladora del comercio de pies. En alianza con Adidas, lanzó el balón jabulani. Nunca una esfera ha sido tan esquiva. Aunque Forlán logró domar al bicho, la mayoría se sintió ante una pelota de circo, más apta para una foca que para un tiro al ángulo. El jabulani fue como el Santo Grial, la fórmula de la Coca-Cola o la flor azul de los románticos. No se sabía qué era más peligroso: perseguirlo o encontrarlo.

El arbitraje no pudo ser peor. La pifia máxima ocurrió en el Alemania-Inglaterra. El árbitro se negó a convalidar un golazo que significaba la resurrección inglesa. Para verlo no se necesitaba otra tecnología que tener un ojo medianamente abierto.

Hubo tantos errores arbitrales que los comentaristas volvieron a solicitar que un robot se ocupe del alma humana. Una de las razones por las que el futbol pone nerviosa a tanta gente es que el árbitro puede equivocarse. Por desgracia, en Sudáfrica los silbantes fueron profesionales del error. La FIFA no supo escoger a jueces capaces de errar sin que eso fuera inhumano.

Joseph Blatter tiene el puesto con mayor consenso en el planeta. A ningún jerarca se le obedece tanto. Para garantizar su dominación global, permite que demasiados equipos lleguen a la competencia.

No hay 32 selecciones que valgan la pena. Su razón de estar ahí son las ganancias televisivas. El Mundial dura demasiado, ofrece partidos sin interés y permite que un crack se fracture ante un equipo que no distingue los tobillos de las piedras. Para cuartos de final, los sobrevivientes tienen estrés postraumático.

El trepidante comercial de Nike, "Escribe el futuro", anunció lances de delirio que no llegaron a la canchas. Es una lástima que Drogba, Rivery, Rooney, Cristiano Ronaldo y Cannavaro hayan jugado como si anunciaran zapatos.

¿Qué vuelve inolvidable a un Mundial? El apasionado triunfo del país sede (Uruguay'30, Inglaterra'66, Alemania'74, Argentina'78, Francia'98); la consolidación de un equipo fuera de serie y un astro que lo comanda (el Brasil de Pelé en México'70, la Holanda de Cruyff, subcampeona en Alemania'74, la Argentina de Maradona en México' 86); el triunfo de David sobre Goliat (Uruguay ante el equipo local en Brasil'50, Alemania venciendo a Hungría en Suiza'54); los partidos de ida y vuelta (España'82 es un museo al respecto). Nada de esto pasó en Sudáfrica.

España triunfó con mérito, pero no fue la arrolladora selección que vimos en la Eurocopa 2008; perdió con Suiza, tuvo a su disposición dos penales y falló ambos, ganó cada juego por la mínima diferencia, no participó en ninguna goliza ni en una remontada.

En lo que toca a México, nos quedamos por quinta vez en el cuarto partido, algo que no es genial ni trágico sino mediocre. El Chicharito Hernández demostró que el futuro tiene nombre, pero Javier Aguirre apostó por el pasado.

El primer trasplante de corazón se realizó en Sudáfrica. Tal vez por eso el futbol salió de ahí con necesidad de un bypass.

Pero nada vuelve tan fácil como la ilusión. Todo lo que he dicho se anula con una palabra: "Brasil". Ahí se jugará el Mundial 2014.

La magia tiene permiso.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El lenguaje de los graderíos



Por MARTÍN GIRARD

En su libro El fútbol sin ley, el escritor y periodista García Candau afirma que un lenguaje deportivo, para ser auténtico, ha de ser fundamentalmente popular y cualquier escritor que se precie tendrá que recoger el de los graderíos para interpretar sociológicamente a espectadores y lectores. Puede que así sea. Aunque, por fortuna, su libro no corrobore el aserto y el lenguaje de sus crónicas y reflexiones no recoja, según preconiza, la jerga de los graderíos.

Candau es un ejemplo más de los excelentes escritores que ha dado la literatura deportiva. Me gusta la inteligencia cuando emana de la página escrita o despliega sus alas sobre el terreno de juego, pero todavía no he vislumbrado ningún destello de lucidez en las gradas de un estadio. Claro que la inteligencia se manifiesta, a veces, en los lugares más insospechados. Como la poesía que vuela libre fuera de la jaula del poema y se posa donde menos se la espera. Por ejemplo, en una localidad leridana donde, el pasado día 9, cinco jugadores del equipo visitante acabaron en el hospital. Con desgarro genital, fractura de tabique nasal, golpe en la cadera, contusión abdominal y conmoción cerebral, respectivamente. Sociológica consecuencia del popular lenguaje de los graderíos que yo experimenté cuarenta y tantos años atrás, casualmente en la misma localidad leridana de cuyo nombre prefiero no acordarme. En aquella ocasión, compartía banquillo con Marcel Domingo, entrenador del Vilanova i La Geltrú. Apenas comenzar el encuentro y bajo los auspicios de su público, los jugadores se olvidaron del balón para acordarse de las madres y de los tobillos del equipo contrario. Para colmo, el Vilanova cometió la insensatez de marcar un gol y el árbitro la fechoría de no anularlo. Cuando, interrumpido el encuentro, trató de ganar la caseta del vestuario, acabó hecho un cristo. Si una piedra le rompía la ceja, otra le partía el labio y era un alivio ver estrellarse alguna que otra en su esternón. Para preservar los acharolados tricornios, la pareja de la Guardia Civil que lo escoltaba se mantuvo cautelosa a prudente distancia y, en lo que a mí concierne, intenté pasar inadvertido y acceder al bungaló de tablas y techo de chapa donde los jugadores forasteros habían conseguido guarnecerse a la desbandada. Cuando disimuladamente estaba a punto de conseguirlo, sorprendí a un energúmeno que se disponía a introducir un cajón repleto de botellas vacías por un ventanuco de la parte trasera con la obvia intención de que cayera sobre la cabeza de algún jugador. Emitiendo un alarido disuasorio, me interpuse y evité la tragedia. Pero estuve a punto de provocar otra. La mía. Una enfurecida cohorte de forofos, lustrosos y encorbatados, me rodearon con puños alzados y espumarajos en las fauces.

El lenguaje de los graderíos alcanzó su máximo esplendor cuando un tratante de ganado o alcalde en funciones, esgrimiendo una estaca a modo de batuta, profirió una sarta de procacidades cuyo mayor acicate era que yo saliera de allí como, casi medio siglo después, saldrían los jugadores del Espanyol B. En ambulancia. De pronto, a veces pasa, experimenté esa serenidad que sobreviene cuando el avión cae en picado y te has dejado en casa el paracaídas. Les dije que había ido allí para escribir un reportaje sobre la violencia en el fútbol de Tercera y que, si me tocaban, mi reportaje tendría un adecuado final. Rechinaron los dientes, supuse que esa era su manera de pensar, y el de la estaca me ordenó iracundo: "¡Lárguese!". No me lo hice repetir dos veces y, todavía no sé cómo, me esfumé. Antes de dejar los vestuarios, entre pedradas e improperios, para llegar al autobús, Marcel Domingo arrancó preventivamente un lavabo y se lo puso a modo de casco protector. Me situé tras él sin resuello y al rebufo.

No era esa la primera vez que sufría las consecuencias del lenguaje de los graderíos. Anteriormente, en mi periplo por los estadios italianos, había tenido ocasión de comprobar que el susodicho lenguaje sobrepasa las fronteras idiomáticas para recuperar el gruñido ancestral. Pero, ironías aparte, la poesía que no encuentro en las gradas, ni en sus efectos colaterales, se da con creces en el césped cuando, elevando el fútbol a la categoría de lo sublime, juega el Barça de Guardiola.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Odiemos al Madrid



Por Marco Dávila

Hacerse odiar por muchos es más difícil que ser querido por todo el mundo. No por nada un montón de actores han hecho el papel de Batman mientras que solamente uno (Heath Ledger) ha logrado interpretar con éxito al Guasón. Y es que mientras el afecto puede crecer con el simple hecho de no estorbar, el odio no puede subsistir si se descuida por un solo día.





El Real Madrid lo ha entendido a la perfección y por ello a lo largo de 60 años no ha dejado de armar equipos que funcionan como Panzers y ganan títulos a racimos. Si suena fácil es porque se trata del Madrid y nos hemos acostumbrado a verlo en la cima del podio. Pero muchos equipos que son su equivalente en las ligas donde juegan han fracasado rotundamente en su rol de antihéroe para terminar mendigando aquello que nunca debería pedirse con la mano extendida: el odio.

El América es uno de ellos. River Plate, Juventus y Olympique de Marsella se suman a la lista. Pobres. Dejaron de ser la bestia negra de sus rivales para convertirse en el monstruo tierno que habita debajo de la cama, de modo que cuando alguien declara "cómo odio al América" lo más probable es que en realidad quiera decir "cómo odio todo aquello que me recuerda a Televisa".

Siembran lástimas flacas mientras el Real no deja de cultivar antipatías.

En esta temporada, con Mourinho en el banquillo y Ronaldo celebrando goles a destajo, ya deben ser billones en todo el planeta. Encima el Real Madrid juega como demonio, cosa bastante redituable cuando se trata del malo de la película. Y esta vez no se ve por ahí al chico bueno que pueda detenerlo. Ni siquiera el “humilde” Barcelona.

Tal parece, entonces, que el próximo año Real Madrid se quedará con todo. Si así sucede lo vamos a odiar más que nunca. Le vamos a escupir al escudo de la franja púrpura cuando sus aficionados canten el alirón en la fuente de Cibeles. Vamos a decir que lo ganaron todo gracias a su gordísima chequera... y luego, al menos yo, le daré las gracias de corazón.

Sin villanos de verdad el futbol sería una vergüenza.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

fútbol y religión











Eduardo Galeano se preguntó si el fútbol es el opio moderno de los pueblos, en una especie de parafraseada a Karl Marx, quien no dudó en proclamar que “la religión es el opio de los pueblos”. Galeano abundó en el tema y describió: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales”. No son pocos los puntos de contacto que tienen el fútbol y la religión: levantan odios y pasiones, tienen millones de adeptos y creyentes, y la fe juega un papel preponderante en ambas materias. Vale la pena conocer la relación que los une y los distancia.

Qué mejor que empezar hablando del Vaticano, la localidad de la Santa Sede, la casa del Papa Benedicto XXVI, reconocido fanático del Bayern Múnich. Tienen su propio seleccionado de fútbol, formada por miembros del Consejo Papal, hombres de la Guardia Suiza y del ejercito vaticano, aunque no están afiliados a la FIFA y apenas han disputado un puñado de amistosos. Juegan en el estadio Pío XII, ubicado en Roma y nombrado así en honor a quien fuera el Papa durante la Segunda Guerra Mundial.



Desde el 2007, tienen su propio certamen, la Copa Clerical, ideada por el actual Camarlengo, Tarcisio Bertone, fanático de la Juventus que llegó a ser comentarista en la radio. “El Mundial del Vaticano”, como se lo denominó, se juega en un campo de césped sintético en San Pedro (se puede ver de fondo a la Basílica) y cuenta con la participación de 16 cuadros de institutos católicos formados por sacerdotes y seminaristas de 25 naciones distintas. Como no podía ser de otra forma, entre los participantes de la primera realización hubo dos argentinos: el seminarista Agustín Villa y el padre Santiago Caucino.

El Redemptoris Mater se adjudicó las primeras dos ediciones y también llegaron a la final de 2008, cuando fueron vencidos por el Mater Ecclesiae. “La idea es reafirmar el valor educativo y pastoral del deporte, así como fortalecer los sentimientos de verdadera amistad y fructuosa convivencia”, contó Bertone, quien también llegó a comentar que el Vaticano no descartaba comprar un club para manejar y pregonar con éste el mensaje del cristianismo. Luego se retractaría y afirmaría que sería “irrealizable”. Incluso, se llegó a especular con que ya habían adquirido al Ancona para dicho proyecto, algo que fue desmentido.

Pero no todo es paz. En junio pasado, cuando Brasil logró derrotar a Estados Unidos y quedarse con la Copa Confederaciones, ya finalizado el duelo, los jugadores brasileños, liderados por Kaká, decidieron orar dentro del campo de juego para agradecerle a Dios el triunfo logrado. La actitud molestó al mandamás de la Federación de Dinamarca, Jim Stjerne Hansen. “La religión no tiene sitio en el fútbol, no podemos dejar que se meta en los estadios”, disparó Hansen. El mandatario de la FIFA, Joseph Blatter, escuchó a su par y se informó que, además de amonestar a Brasil, el organismo madre prohibiría los rezos y manifestaciones religiosas de los futbolistas durante el Mundial 2010. Así, le impedirían a Kaká mostrar su famosa remera de “Yo pertenezco a Jesús” o imposibilitarían a los musulmanes rezar en los estadios de Sudáfrica. La excusa, según un portavoz de la prensa de la FIFA, fue que “las sectas podrían utilizar el fútbol como publicidad”.

El guante fue recogido por Eddio Constantini, el presidente de la Fundación Juan Pablo II, quien retrucó: “Blatter y la federación de Dinamarca se equivocan. Es un error vaciar el fútbol de los valores éticos que la fe cristiana y la Iglesia católica defienden desde hace siglos. Espero que lo reconsideren”. Y agregó: “Sólo una revolución capaz de formar atletas y hombres podrá restituir al deporte el significado auténtico que violencia, dopaje, racismo y dinero amenazan con quitarle”. Medida polémica, más si el artículo 3 de los Estatutos FIFA menciona que “está prohibida la discriminación de cualquier país, individuo o grupo de personas por su origen étnico, sexo, lenguaje, religión, política o por cualquier otra razón, y es punible con suspensión o exclusión”.

La FIFA y el Vaticano no son los únicos que presentan desencuentros. El mismo Diego Maradona y su siempre labia sin filtro provocó un conflicto internacional cuando, en 2000, trató de ladrón al fallecido Papa Juan Pablo II. “Entré al Vaticano y miré el techo de oro. Y me dije: `¿cómo puede ser tan hijo de puta de vivir con un techo de oro y después ir a los países pobres y besar a los chicos, con la panza así hinchada?´ Ese día dejé de creer”, tiró el Diez, jamás diplomático, y añadió que había leído que en la Santa Sede “se traficaba con órganos, drogas y armas”.

Para rematar su visión sobre Juan Pablo II, pronunció: “Este chabón las tiene todas en contra, ¡encima fue arquero!”. Efectivamente para disgusto de Maradona, el Papa fue meta del Cracovia polaco y llegó a atajar en una liga amateur.


El contragolpe llegó a través del por entonces vocero del Arzobispado, Guillermo Marcó, quien pronunció que la Iglesia “constató con dolor los efectos terribles que la droga hace en una persona que, en este caso, antes fue creyente”.

Otro embajador de la pelota que tiene la lengua picante, como lo es José Mourinho, entrenador del Inter, desató otro cruce verbal con un representante de la religión musulmana. El portugués se quejó de que la práctica del Ramadán, rito musulmán que consiste en ayunar (abstinencia de alimentos, bebidas y relaciones sexuales) durante un mes desde el amanecer hasta la puesta del sol, debilitaba demasiado a su dirigido ghanés Sulleyy Muntari, y que debido a eso lo retiró del cotejo frente al Bari, a los 29 minutos del primer tiempo.

“El ayuno no debilita la forma física de un futbolista. Mourinho debería hablar un poco menos. Sabemos por el Instituto de Medicina del Deporte que la estabilidad mental y psicológica que da la religión puede ser un plus en el campo para un jugador”, fue la réplica del presidente de la Unión de Comunidades y Organizaciones Islámicas de Italia, Mohamed Nour Dachan. El mismo Dachan salió luego a solidarizarse con el DT neroazzurro, a quien le empezaron a llover amenazas de extremistas islámicos por sus dichos.

No todas son hostilidades. Es conocido el grupo de futbolistas que componen la organización Locos por Jesús o Atletas de Cristo, entre los que se encuentran jugadores que pasaron por el fútbol argentino, como los colombianos ex River Radamel Falcao y Jairo Patiño o el brasileño ex San Lorenzo Paulo Silas. En su portal web de Argentina, puede leerse: “Vivimos en un país en el que el deporte, especialmente el fútbol, es una pasión. El deporte es un lenguaje que traspasa las barreras sociales, raciales y hasta religiosas”. Sus metas son “ganar deportistas para el Señor y contribuir a la práctica sana y honesta del deporte”.

Entre sus miembros, también milita una figura mundial como Kaká, siempre dispuesto a dar su testimonio, a dejar ver su amor por Jesús en los mensajes de sus camisetas o en las inscripciones de sus botines, a llevar a cabo estudios bíblicos durante las concentraciones y a encabezar los grupos de oración de su selección. A los 18 años, sufrió una grave lesión en la sexta vértebra que amenazó con dejarlo cuadripléjico el resto de su vida. Pasó dos meses postrado en una cama, pero se recuperó. “Nunca voy a dejar de agradecerle a Dios. Cada uno recibe un don, y el mío ha sido jugar al fútbol”, testifica.

El ahora jugador del Real Madrid tiene entre sus actividades favoritas la lectura de la Biblia y escuchar la música del coro Gospel. Incluso, se propuso llegar virgen al matrimonio –“no es fácil aplicar las cosas escritas hace miles de años”-, y lo consiguió, sin caer en las garras de ninguna botinera. Deslizó que cuando abandone el fútbol, tal vez elija ser pastor evangélico. Su compatriota Felipe Melo también persigue un objetivo parecido y ya está estudiando para ser diácono.

En Chile, además del conocido conjunto Club Deportivo Palestino, creado por inmigrantes palestinos y que en sus principios sólo admitía a personas de origen árabe, también hay un cuadro ligado intensamente a la religión. Se trata del Club Social y Deportivo Cristiano Hosanna, del ascenso chileno, fundado en 1996 por el pastor y actual presidente Ítalo Frigori, quien expone: “No todos los que vienen al club son evangélicos, aunque sí deben dar testimonio de que son consecuentes en lo que creen“. Entre sus particularidades se destaca que sus jugadores oran antes y después de los choques, sus aficionados alientan con canciones religiosas, en cada infracción les piden perdón a sus rivales, no cuestionan las decisiones arbitrales, es obligación asistir a los estudios bíblicos de 15 minutos antes de cada práctica y les regalan biblias a sus contrarios, además de invitarlos a orar antes de la salida a la cancha. Algo parecido puede encontrarse en la Argentina con el Atlético Ministerio Evangelístico Dios es Amor Club, de Córdoba, que este 2009 cumplió 25 años de existencia.



Si hay alguien que da tela para cortar en este asunto, ése es Carlos Roa. Cuando el ex arquero se encontraba en pleno apogeo y el Manchester United estaba dispuesto a hacerse con sus servicios, decidió retirarse por primera vez. Había profundizado sus creencias y como miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, tenía prohibido trabajar los sábados. “Dios vale más que diez millones de dólares”, atestiguó. Un año más tarde retomaría la profesión. Su fe no cambió y siempre le agradece a Dios el haber podido vencer al cáncer testicular.

No hay que olvidarse de las famosas promesas de caminatas a Luján; las batallas que se arman en el vehemente clásico Celtic-Rangers, por diferencias entre católicos y protestantes; o la aparición del padre Juan Gabriel Ariascomo directivo de Racing. Como puede verse, el vínculo entre el fútbol y la religión es amplio, rico y variado. Pasiones, odios y fe.

lunes, 18 de octubre de 2010

Romance intelectual con la pelota






"El goleador es siempre el mejor poeta del año", escribió Pier Paolo Pasolini, en la cumbre del romance entre la literatura y el fútbol. Camus había dicho que el fútbol le enseñó todo lo que sabía y el desprecio de los intelectuales por esa pasión se había superado cuando estalló una nueva polémica: ya no fútbol vs. cultura, o civilización vs. barbarie, sino literatura versus oportunismo editorial y venta. Además, cómo el fútbol devora la cultura genera"


Jorge Luis Borges fue el encargado de marcar la divisoria de aguas. Con lapidaria ironía, reformuló el "civilización y barbarie" sarmientino y sentenció en más de una entrevista periodística que el fútbol era "una cosa estúpida de ingleses... Un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos". La frase hendía el cuchillo en el corazón de la patria futbolera y convocaba al escándalo. Pero más allá de la humorada —"una forma perversa de razonamiento; un cinismo que invalida todas las letras del mundo: Así, el Quijote no es otra cosa que un conjunto de letras negras sobre papel blanco", como lo definiría para Ñ Alejandro Dolina— el anatema borgeano selló la relación entre quienes practicaban el deporte de la literatura y los habilidosos en el arte del fútbol. Durante décadas —salvo excepciones— ambos mundos sucedieron en dimensiones paralelas. En forma esquemática podría resumirse de la siguiente manera: los escritores desdeñaban el fútbol y los futboleros huían de la literatura. La división también se experimentaba entre lectores e hinchas en una remake del divorcio original entre pueblo e ilustración aventado por Domingo Faustino Sarmiento. Pero la segunda mitad del siglo XX sería testigo de una plebeyización de la literatura —el periodismo fue gran artífice de este proceso— y decenas de literatos se volcarían a una producción mestiza gracias a la cual el fútbol ya no quedaría en "orsai" literario. Finalmente, a mediados de los noventa, la pelota ganó la batalla y hoy —a horas del mundial de Alemania— se asiste a lo que algunos denominan la futbolización del universo y de la que no puede escapar ni siquiera el apocado e íntimo mundo de las letras.

La mala relación entre fútbol y literatura se inició en 1880 cuando el escritor británico Rudyard Kipling (1865-1936) despreció a ese deporte y a "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan". Y prácticamente desde esa fecha el desencuentro se hizo sostenido. Sin embargo, el recorrido de una buena biblioteca demostrará que no faltaron las gratas excepciones: en los años 20, el peruano Juan Parra del Riego y el argentino Bernardo Canal Feijóo escribieron "Penúltimo poema del fútbol" y Horacio Quiroga publicó "Suicidio en la cancha", un cuento sobre el caso real de un jugador de Nacional que se pegó un tiró en el círculo central de la cancha. De aquellos tiempos es el primer relato totalmente ficcional sobre fútbol en el Río de la Plata: la novela del francés Henri de Montherlant Los once ante la puerta dorada. En 1923, nada menos que en su meláncolico libro Crepusculario, Pablo Neruda escribió el poema "Los jugadores", y 12 años después, "Colección nocturna", incluido en Residencia en la tierra. Durante el primer medio siglo hubo escasos coqueteos de la literatura con el fútbol —una aguafuerte de Roberto Arlt sobre el Seleccionado Nacional y poco más—; quien entró a saco lleno en el tema fue el uruguayo Mario Benedetti con su ya célebre cuento "Puntero izquierdo", escrito en 1955, y publicado en el libro Montevideanos.

El llamado boom de la literatura latinoamericana se acercó al mundo del fútbol, no sólo desde la escritura sino también desde las tribunas. Tras un partido entre Junior y Millonarios, Gabriel García Márquez declaró: "No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien". Y el salvoconducto del futuro Premio Nobel dio resultados. Aunque, en realidad, ya por aquella época había salido del placard un gran número de escritores que se reconocían como hinchas de fútbol: el poeta gaditano Rafael Alberti —quien escribió "Oda a Platko", dedicada al arquero húngaro del Barcelona—, Miguel Hernández, Miguel Delibes, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sabato, Rubem Fonseca, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Rivadaneyro y Alfredo Bryce Echenique.

Pero la literatura no sólo ha dado hinchas al mundo: también se ha enriquecido de ellos. Albert Camus, por ejemplo, aprendió cuando era arquero en Argelia que "la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Esto me ayudó mucho en la vida... Lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol". A la pelota se le debe, entonces, El mito de Sísifo, Los justos y La peste.

A partir de los años 60 y 70 la lista de escritores que se animaron a escribir sobre fútbol se acrecentó considerablemente: el poeta brasileño Vinicius de Moraes escribió un célebre poema al puntero Garrincha, el español Camilo José Cela, sus Once cuentos de fútbol, el mexicano Juan Villoro, un texto sobre el maracanazo —el día que Uruguay le ganó a Brasil la Copa del Mundo en el estadio Maracaná— titulado El hombre que murió dos veces, Humberto Constantini, su relato "Inside izquierdo", y Leopoldo Marechal, elige la tribuna de un River-Boca para lanzar la batalla del protagonista de Megafón o la guerra. Mientras tanto, en Europa, el austríaco Peter Handke ponía la piedra basal con su novela La angustia del arquero frente al tiro penal —que poco habla de fútbol, es verdad— pero tiene una de las definiciones más bellas de ese instante crucial en un partido.

Los años ochenta marcaron el fin de la separación entre el fútbol y las letras en la Argentina. Y eso ocurrió de la mano del periodismo gráfico: Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa y Juan Sasturain se convirtieron en la delantera implacable que se abocaba a escribir sin tapujos ni complejos sobre fútbol, primero desde las crónicas de prensa y el humor y, finalmente, desde la literatura.

Clásicos de esta etapa son los cuentos publicados en El mundo ha vivido equivocado, en el que el escritor rosarino incluyó los inolvidables relatos sobre fútbol como "Lo que se dice de un ídolo", "Memorias de un wing derecho", y "¡Qué lástima, Cattamarancio!". Osvaldo Soriano, por su parte, reunió en su libro Rebeldes, soñadores y fugitivos los memorables relatos como "El penal más largo del mundo" y "Maradona sí, Galtieri no". Y completa el trío de mosqueteros Juan Sasturain con la publicación de El día del arquero, que incluye el cuento "La poesía del chanfle al segundo palo". Al mismo tiempo, Alejandro Dolina coqueteaba con el fútbol desde sus Crónicas del Angel Gris que incluían "Apuntes de fútbol en Flores", una toma de posición respecto del tema: "En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos episodios", sentencia la primera frase del cuento.

Pero si bien se produjo la irrupción del fútbol como componente de lo popular en el espectro de las letras, la relación seguía siendo distante. La crítica de la revista Babel al libro de Soriano fue lapidaria: "No se puede escribir literatura con el banderín de San Lorenzo enfrente", como recuerda Sergio Olguín, autor del libro El equipo de los sueños, una novela que entrecruza la adolescencia en un barrio del sur del Gran Buenos Aires con la literatura griálica, el fútbol y la figura de Maradona. "Siempre hubo una negación temática en la literatura argentina, huyó de lo popular, que muchos autores entienden como populismo. El fútbol fue siempre marginado por la crítica pero no por los lectores. Estados Unidos no tuvo este problema. Paul Auster y Don DeLillio escribieron sobre béisbol y no escandalizaron a nadie", asegura el autor de Lanús. Casualmente, Olguín viajará a Alemania mientras se juegue el Mundial, invitado por la editorial Suhrkamp para representar a la literatura argentina en los debates sobre fútbol y literatura que se realizarán en las ciudades sede del torneo.

Respecto de este desencuentro, Martín Caparrós, autor de Boquita, explicó a Ñ que "el anatema de Borges está relacionado con esa idea de los años setenta de que el fútbol es el opio de los pueblos, que engaña a millones de estúpidos a los que les pone, por delante de la lucha de clases, la lucha de cuadros. Esta posición se sintetiza perfectamente en Juan José Sebreli". En lo que podría caracterizarse con cierto sarcasmo como "sociología del centro al segundo palo" —la frase pertenece al presidente de River Plate, José María Aguilar— Sebreli sostuvo que "el acto de patear una pelota es ya de por sí esencialmente agresivo y crea un sentimiento de poder, amén de que la picardía de vencer al adversario basada en la trampa, la mentira, el disimulo, la zancadilla, tan alabada por todos los apologistas del fútbol como una forma de inteligencia natural y espontánea, no es sino una característica de la personalidad autoritaria". Sus libros Fútbol y masas y La era del fútbol le valieron al sociólogo la humorada de Sasturain, quien desde una reseña bibliográfica le espetó: "Sebreli, vos andá al arco".

Liliana Heker dice: "No hay un desdén de la literatura hacia el fútbol, no se puede generalizar; Borges no deja de ser Borges incluso cuando desdeña al fútbol. Pero muchos escritores son hinchas apasionados, no hay un rechazo particular en el gremio. Yo tengo una relación apasionada desde muy chica. Para la literatura es un campo interminable, ya que el deporte pone en juego conflictos muy interesantes", dice Heker, autora del cuento "La música de los domingos".

Claro que, desde los noventa, la relación entre fútbol y literatura se conjugó en un maridaje tan extraño y sospechoso como su anterior desencuentro. En un proceso de globalización del negocio del fútbol, la literatura acompañó ese devenir y también el mercado editorial. Hoy no se trata tanto de un acercamiento del arte a los sectores populares sino lisa y llanamente —con excepciones— de una operación de mercado. Primero fue el realismo político, luego la novela histórica y la literatura new age y actualmente el fútbol. "Es posible que se trate de una moda relativa —admite Olguín— pero la buena literatura no depende del tema que uno elija sino de una buena prosa, la construcción de personajes y una trama. La literatura futbolera es un gran negocio y alimenta al mercado pero seguramente pasará de moda".

Quien anda a los rezongos contra la nueva moda de la literatura futbolística es, sorpresivamente, un hombre que gusta practicar ese deporte y que a mediados de la década del ochenta escribió sobre el tema. Arrepentido, según sus propias palabras, de haber escrito sobre esos tópicos por haber transitado el paño sensiblero y el cliché, Dolina protesta porque "en esta relación de maridaje pierde la literatura. En los últimos años se produjo una futbolización del universo, una invasión del área del pensamiento en la que se utilizan una cantera de metáforas banales tomadas del juego, en el periodismo y en la literatura. Un género no se basa en una temática, porque lo que ocurre es que nace un género acrisolado —salvo en el caso de los buenos escritores— que consiste simplemente en exaltar los estados de ánimo de quiénes ven fútbol o quienes lo juegan. La metáfora más recurrida se relaciona con la guerra y la pasión, como padecimiento, pero esos escritos suelen dejar una melancólica sensación de que se trata de sentimientos construidos. Se busca una épica que trascienda largamente una vida con ausencia de emociones. Existe cierta demagogia en la literatura que exalta la pasión deportiva, una necesidad de contacto popular. Esta demagogia consiste en el hecho de que en ese encuentro entre el gran arte y lo popular, no asciende lo popular sino que desciende el gran arte. La operación consiste en que si el pueblo no lee a Flaubert, que lean a Coelho. El fútbol es un hecho interesante cultural y antropológicamente pero no es el gran arte. Es un tema, pero no se puede convertir en una superstición, porque se transforma en una patología literaria. Resulta conveniente no entregarse a la tentación y, en todo caso, si hay que imitar a Gardel hay que hacerlo no en la pronunciación de la eme como ere sino en su afinación".

Ante el torrente de publicaciones que anegó la industria cultural en los últimos años, una pregunta se hace evidente: ¿es obligatorio escribir sobre fútbol? Mempo Giardinelli cree que no. "Entre fútbol y literatura existe la misma relación que entre cocina y poesía, o filosofía y novela, o automovilismo e historia. No creo que haya nada esquemático, simplemente sucede que para mí la literatura es la vida por escrito. Y entonces puedo escribir lo que se me antoja. Nunca escribí sobre fútbol. Soy un narrador, y he escrito un par de cuentos de tema futbolero porque me pareció que podían ser narraciones eficaces. Mi relación con este deporte es como la de cualquier argentino: pasional, intensa, en lo posible festiva, pero no intelectual. Lo cual no impide que en determinado momento uno reflexione críticamente sobre las pasiones, intensidades, violencias y taras argentinas", dice el autor del clásico cuento "El hincha", escrito a principios de los ochenta.



Ideas similares profesa Pablo Ramos: "En literatura no debería haber nada más que lo que el escritor cree que debería. La mayoría de los cuentos sobre fútbol que se escriben se acercan a lo tanguero, a lo humorístico y reflejan una parte muy romántica del deporte. La otra, el negocio, la trampa, la decadencia del deporte cuando se hace profesional, es poco común. La literatura debe incluirlo todo, porque cada cosa contiene su propia literatura. El fútbol es danza y es cuerda floja cuando se lo juega como Riquelme, o cuando un pibe como el Tuna Agüero, cansado de jugar en la Villa Corina (la misma de mi novela El origen de la tristeza, de ahí es él) se enfrenta a los grandes con 17 años y les pinta la cara. Lo patean, se levanta y les vuelve a pintar la cara. Y el fútbol es horrible cuando viene un Mundial y nos olvidamos del desempleo, de la contaminación de San Juan con cianuro... Cuando es olvido es un veneno, es el opio de los pueblos", sostiene el autor del cuento "Celeste y roja", en el que el protagonista muere envuelto en la bandera de Arsenal de Sarandi.

Caparrós aporta un elemento original a esta controversia: "La literatura no tiene ninguna obligatoriedad respecto del fútbol. Existe una relación larga y fecunda de cierta narrativa desde hace 50 años. Hasta la televisión, había un 95 por ciento de aficionados deportivos que lo hacían desde el relato escrito o radial. Lo que constituye al fútbol en un hecho narrativo en sí mismo. Ahora el fútbol se ve, entonces, es muy complicado hacer un metarrelato, porque se trata de un relato en sí mismo. A mí el género de la literatura futbolística no me atrajo para desarrollarlo porque frente al relato del fútbol, lo demás es un metarrelato menor".

Amagando entre el consumismo snob, la demagogia pop-fashion (condensada en los palcos de la Bombonera) y cierta autenticidad popular que transitan algunas experiencias literarias, la narrativa futbolera estalló en los últimos 15 años. En Europa, el ejemplo más claro es la novela Fiebre en las gradas, del británico Nick Hornby, en la que relata su vida como hincha. Por estas costas, poco después de que el escritor uruguayo Eduardo Galeano escribiera Fútbol a sol y a sombra, la industria cultural parece haber encontrado una veta redituable: así, se sucedieron los libros de los ex futbolistas Jorge Valdano y Angel Cappa, y los libros periodísticos, émulos del Fútbol: dinámica de lo impensado, de Dante Panzeri. En el 2003 se produjo una nueva operación de acercamiento que consistió en la campaña "Cuando leés ganás siempre" y que consistió en la distribución gratuita de 50 mil cuentos todos los domingos. La última buena nueva fue el nacimiento de Ediciones al Arco, un legítimo emprendimiento para encausar la publicación de la literatura deportiva.

Ni siquiera la poesía pudo quedarse afuera del fenómeno. Washington Cucurto ha utilizado como materia prima para sus obras el imaginario popular para homenajear a Enzo Francescoli o Diego Maradona y en su poema Entre hombres, dice: "El fútbol es un deporte de hombres dulces / el fútbol es un deporte de hombres que se quieren con locura". Fabián Casas, por su parte, escribió Cancha rayada, en el que describe el regreso de un estadio luego de una derrota. Consultado sobre qué lugar tiene el fútbol en su obra, Casas respondió: "Ser hincha de San Lorenzo tiñó mi personalidad. En términos heideggerianos soy-un-ser-para-la-Copa-Libertadores".

Amalgamados, los dos géneros del arte caminan, finalmente, tomados de la mano. Quedan en el tintero algunas frases elegidas que definen con belleza irrefutable la belleza del fútbol. Javier Marías dijo que "el fútbol es la recuperación semanal de la infancia" y el intelectual comunista Antonio Gramsci lo definía como "el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre". Con cierto tono meloso, el checo Milan Kundera escribía que "tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo". Por último, el multifacético Pier Paolo Pasolini dejó la mejor definición que la literatura pudo hacer de este deporte que remite a los juegos circenses de la Roma antigua: "El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad. Igual que la palabra poética. El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. El fútbol que produce más goles es el más poético. Incluso el dribbling es de por sí poético (aunque no siempre como la acción del gol). En los hechos, el sueño de cada jugador (compartido por cada espectador) es partir de la mitad del campo, dribbliar a todos y marcar el gol. Si, dentro de los límites consentidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es ésa. Pero no sucede nunca. Es un sueño". Pasolini, obviamente, no había visto jugar a Diego Maradona. A pesar de desmentidas por el segundo gol del "Diez" a los ingleses, sus palabras están llenas de verdad poética. Pero de eso podría tratarse este desencuentro entre las letras y la pelota: Maradona tampoco había leído a Pasolini.

ROBADO DEL CLARÍN DE BUENOS AIRES.



jueves, 2 de septiembre de 2010

sábado, 21 de agosto de 2010

Veni, vidi, vinci











"To the other Galaxies we go
gather all our strength before they know
Soon the time will come for all of us
to unite our souls and hearts
save the universe"

Stratovarius


¿La pasión por el fútbol desaparecerá en el futuro? Parece que no, que entre naves espaciales, nuevos planetas y seres ápodos y con cuerpos multiformes, un penalti seguirá siendo un penalti.


Junio 12, año 2450

Después de un largo viaje, la selección terrícola hace su llegada al planeta Xard. Se disputa por primera vez la copa Intergaláctica de fútbol. Me llamo Diego Armando y llevo la camiseta número diez. Represento a México, pero en ésta ocasión a la Tierra.

Ocho selecciones de distintas galaxias se reúnen a disputar la “Copa Ronaldinho”, llamada así en honor al talentoso jugador que militaba en un equipo español que ahora nadie recuerda, pero que en el siglo XXI fue de los mejores en la Tierra. Se dice que pudo no haber sido terrícola, ya que sus habilidades eran de “otra galaxia”. Pero la verdad nunca se sabrá.

La selección de la Tierra está conformada en su mayoría por jugadores del equipo que este año resultara campeón mundial por tercera vez , segunda consecutiva, la selección de España. Los refuerzos son tres jugadores de Argentina, tres de Brasil y tres de México. Todos comandados por el director técnico Unindal Stchai del planeta Bitheniat.

A pesar de ser los inventores del juego, los terrícolas no somos los favoritos para llegar a la final. Para colmo estamos colocados en el “grupo de la muerte”, junto a las selecciones de Brannab, Zeant y Phar. El grupo fue llamado así porque nuestros tres contrincantes han alguna vez tratado de invadir la Tierra. Ya han pasado muchos años de eso pero, como sabemos, algunas llagas jamás cicatrizan.

Mañana es el primer juego. Nos toca jugar con Brannab. Será un juego difícil. Sus jugadores miden casi dos metros y medio de alto, por lo que debemos cuidarnos de su juego aéreo. Nuestro técnico Unindal ya tiene preparada la estrategia. Esperamos que el árbitro (que es cíclope) no nos perjudique.

Junio 13

El partido de hoy fue muy duro. Uno de los españoles salió lesionado y ya no podrá continuar con el torneo. Hemos ganado por tres goles contra dos. Creo que los brannabes se cansaron de tanto patearnos. Qué bueno que nuestro técnico tiene dos corazones, porque uno de ellos dejó de funcionar. El partido no fue apto para cardíacos. Remontamos una desventaja de dos goles. Al final, clavé el último gol a tan sólo dos minutos de que acabara el juego. Eso enfureció al portero contrario. Me lanzó una sustancia ácida de su boca que fue a parar en el pie del español. Por supuesto que el árbitro cíclope no vio lo que ocurrió. Jugamos dentro de tres días contra Phar. Esos reptiles son muy veloces. Haremos lo que se pueda.

Junio 16

Nuestra clasificación se decidirá en el último partido. Empatamos a cero goles con Phar. No les veíamos ni el polvo. Por fortuna no son muy diestros con el balón. No perdimos gracias a nuestro portero argentino. La selección de Zeant lleva dos partidos ganados en fila, los dos por goleada. Tienen un portero octópodo imbatible. Lo “nacionalizaron”, pues él es oriundo del planeta Ecandre. Son los favoritos junto con los anfitriones xardos. Tenemos tres días para descansar y prepararnos. ¿Qué si estoy nervioso? Mucho. Y es porque los oriundos de Zeant son la raza más bélica del universo. ¿Será por eso que los otros equipos no metieron ni las “manos” en sus confrontaciones?

Junio 19, 6:00 horas tiempo de Xard

Antes del partido, “el profe” nos ha dado las indicaciones. No regalaremos nada a nuestro contrario. Por lo menos, haremos todo por ganar. En el otro grupo resultó finalista el equipo de Xard. Otra vez el árbitro cíclope se vio envuelto en una mala decisión. Marcó un penalti inexistente a favor de Xard. Ya hemos vencido en otras ocasiones a los bicéfalos xardos. Hay probabilidades de ganar la copa cuando nadie daba nada por nosotros. Espero anotar un gol esta noche.

Junio 19, 27:00 horas tiempo de Xard

Aun no puedo creer lo que ha sucedido el día de hoy. Hemos hecho historia en este campeonato. Le hemos ganado a la selección favorita. El partido se jugó en su mayoría en la mitad del campo. Duras entradas por los dos bandos. Acabamos con nueve jugadores, y ellos también. Nos llevamos la peor parte. Hemos perdido a dos españoles más por lesión y dos por expulsión. Para la final estaré acompañado por puro jugador latinoamericano. El único gol fue en tiro libre. El disparo no iba con mucha fuerza, pero iba angulado y con efecto. El portero octópodo tropezó con una de sus extremidades. Alcanzó a rozar el balón pero no pudo evitar que se colara en su meta. El estadio se convirtió en una sucursal del manicomio. Los arrogantes zeantis habían sido derrotados. Nos han comunicado que en la Tierra no han parado de celebrar. Tenemos tres días para preparar la final. El “profe” Unindal pudo reparar su otro corazón. No queremos que se nos descomponga en plena final.

Junio 22

¡Campeones! Sí, lo hemos logrado. El partido del siglo. Después de empatar a tres en el tiempo regular y en los tiempos extras, el juego se decidió por la vía del penalti. Ante más de cinco mil millones de televidentes de todas las galaxias (pago por evento), uno a uno fue tomando su turno para ejecutar la pena máxima. Nadie fallaba. El último turno de los xardos fue errado. Su jugador voló su disparo a las tribunas de fea manera. Me tocó cerrar la tanda de penaltis. Si anotaba éramos campeones, si fallaba nos íbamos a muerte súbita. No tomé mucha distancia. El portero se lanzó hacia su derecha. ElVenividi - Fraga disparo se incrustó en el ángulo opuesto. Por fin, después de cientos de años, la Tierra resultaba campeona de la galaxia. Corrí hacia una de las cámaras de TV. Detrás de mí los demás jugadores trataban alcanzarme. Los xardos de las tribunas lloraban desconsolados. Para esa ocasión, debajo de mi camiseta escribí un mensaje que copié de un libro de historia. Las mismas palabras que alguna vez usó un célebre conquistador y que sólo en la Tierra podrían comprender:

Veni, vidi, vinci

(Cayo Julio César)


domingo, 8 de agosto de 2010

Marte VS La Tierra

Por Francisco Hernández

Un día, como cualquier otro, se resolvió la duda que había atormentado a generaciones de humanos durante mucho tiempo; la respuesta era simple: No estámos solos en el universo.

El ovni apareció de forma simple y elegante, no arrojó fuego sobre ninguna ciudad ni tampoco presentaba un tamaño descomunal. Era más bien pequeña y tal como la habían visto miles de humanos por todo el mundo: tenía la forma de un platillo volador común y corriente.

Los tripulantes de dicha nave se comunicaron inmediatamente con el Presidente de los Estados Unidos. En su viaje habían visto tantas películas producidas en Hollywood que daban por hecho que dicho presidente era el responsable de toda la raza humana. Así que se dirigieron directamente a él para hacer de su conocimiento las intenciones que los llevaban a la Tierra.

Estos alienigenas pensaban que todo ser extraterrestre que llegara al tercer planeta del Sistema Sol debía de ser llamado marciano y que obviamente procedía del planeta Marte. Y es que a diferencia de todas las otras naves que habían sido detectadas anteriormente, ésta no estaba tripulada por científicos; sino por fanáticos de los deportes en plan Holligan.



Decidieron pues ir a la Tierra, ya que uno de ellos había visto o leído en alguno de los canales de documentales de su propio planeta sobre la diversidad deportiva que los humanos practicaban. Sólo que por ignorancia, confundían nuestras películas de ciencia ficción, los documentales y los canales deportivos terrestres amalgamando todo ese conocimiento en una mezcla de realidad y fantasía que nosotros mismos habíamos ayudado a construir.

Sus demandas eran simples… Querían jugar un partido de fútbol soccer contra los mejores representantes de la Tierra. El partido debía ser en el Estado Azteca en la Cd. de México, y en caso de que la humanidad perdiera... la Tierra sería completamente destruida (Y por supuesto que podían hacerlo).

Todo esto tenía una explicación. Resulta que estos autodenominados marcianos habían visto transmisiones del Mundial de Fútbol celebrado en 1986 y daban por hecho que Argentina era el equipo a vencer y que los juegos más importantes del musno se hacían en México; hasta pidieron que se mostrara la “ola” durante la contienda.

El presidente de los Estados Unidos, trató de explicar los cambios que habían surgido con el paso del tiempo y sobre como eran las cosas en la actualidad; pero ellos se negaron a entender y lo único que logró conciliar fue que los “marcianos” no exigieran que Diego Armando Maradona jugara en dicho partido. Sin embargo, no pudo convencerlos de que la Chiquitibum ya no tenía el busto tan firme por lo que tuvieron que operarle para devolverle su gloria pasada y la querían ver entre los asistentes dando pequeños saltos a cada momento.

De lo que no hubo ningún inconveniente fue de que durante el partido se vendiera cerveza “Carta Blanca”, ya que la compañía cervecera estaba encantada con la publicidad que recibiría que dispuso toda la parafernalia neesaria sin objetar absolutamente nada.

El día del partido llegó y todas las televisoras del mundo apuntaban sus cámaras al evento que definiría el destino de la humanidad. Entro al estadio la selección de Argentina y los tripulantes de la nave. Los primeros de color azul y blanco, los segundos en uniforme de color rojo con la piel verde (como todos esperarían que aparecieran).

El estadio a petición de los “marcianos” estaba lleno de mexicanos y de un representante de cada uno de los países en dónde la FIFA tenía afiliados.

Se inicio el partido con el silbatazo del árbitro y en las gradas se escuchaba el grito ensordecedor de los mexicanos:

A la bio, a la bao, a la bim bom ba, ¡MARTE! ¡MARTE! ra ra ra.


jueves, 5 de agosto de 2010

La Isla del Fútbol






“Cuando en agosto del 2005, llegué a Inglaterra para jugar con el Bolton Wanderers, Antonio y Rogelio se encontraban en la recta final de sus estudios de postgrado. Eran los primeros mexicanos en estudiar el MBA in Football Industries de University of Liverpool, y, en aquel momento, viajaban de un lado a otro de la isla para entrevistarse con numerosos ejecutivos de esta industria. No tengo la menor duda de que la Premier League es la mejor liga del planeta y también estoy convencido de que nadie en México, puede hablarles mejor sobre este poderoso fenómeno que Antonio y Rogelio. Se trata, sin duda, de un viaje apasionante por la isla que le dio vida al juego”


Jared Borgetti, Máximo goleador Selección Mexicana,

Primer mexicano en jugar en la Premier League.



“La Isla del Fútbol es un tratado de mercadotecnia, que con amplio conocimiento de causa, nos explica cómo los ingleses lograron domesticar la fiera que llevan dentro y a la que suelen soltar por las estepas de Wembley, Old Trafford y Anfield. Periodista moderno y estudiante eterno, Antonio Rosique representa la última reivindicación que el medio ha hecho del fútbol, cuya ciencia no se limita a los términos del “carrilero” y la “línea de tres”. Rosique juega a un sólo toque con Rogelio Roa, un mercadólogo natural e irreverente, y de esa pequeña sociedad nace una investigación con carácter quirúrgico, que nos permite hacer una disección de los últimos dos fenómenos de mercado, que hoy dividen a la Gran Bretaña “en rudos y técnicos”: antes de Beckham y después de Rooney.

Tres contactos muy personales han marcado seriamente mi relación con el fútbol inglés. El primero, fue gracias a mi odontólogo, quien siempre ponía como ejemplo los molares de Tony Adams, recio defensor británico, cuya máxima virtud dentro en el terreno de juego, dependía de la fuerza de su mordida. Una caries en la dentadura de cualquier futbolista inglés, es considerada más grave que una distención de ligamentos, El segundo sucedió en una cantina, donde cada bebida llevaba el nombre de su creador. Aquella noche me bebí un “Gascoigne Doble” y desde luego perdí por goleada. El tercero y último contacto fue gracias a Antonio Rosique, periodista de última generación y aventurero mediático. Rosique se atrevió, como pocos, a hacer del fútbol una verdadera materia de estudio. Alejándonos del vago y limitado análisis que explica la función de un carrilero y la importancia de una línea de tres, La Isla del Fútbol es la consecuencia inmediata de un rito ancestral ataviado de innumerables técnicas de mercado que, sin embargo, de nada servirían si el fútbol inglés no fuera un producto con denominación de origen.

Que Dios salve a la Reina, a Tony Adams a Paul Gascoigne y nos siga dando ejemplos como el de nuestros amigos Antonio Rosique y Rogelio Roa.”

Prólogo por: José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo.

lunes, 26 de julio de 2010

El jugador de fútbol


Por Mauricio Zavala

Jugar al fútbol y que te den dinero por ello está muy cerca de ser el sueño perfecto para la mayoría de la población masculina a nivel mundial. En las oficinas, cuando un empleado se siente atrapado entre cuatro paredes, no hay mejor solución que la de tomar cualquier cosa que pueda ser pateada y cerrar los ojos unos cuantos segundos para sentir que se está sobre una cancha de fútbol, pasando a segundo plano si el escenario es un campo de verde pasto o un auténtico lodazal.

El timbre que anuncia el receso en las escuelas primarias y secundarias no es sino la primera llamada para el enfrentamiento próximo a iniciar. Los parques públicos aún sin tener un calendario en toda forma saben que en la naturaleza del ser humano se encuentra el utilizar las horas supuestamente destinadas a la comida para disputar un cotejo apasionante y en el que los más desfavorecidos se olvidan de sus penas para volar como el más grande de los arqueros o para driblar al más puro estilo del más renombrado de los jugadores brasileños del momento. Pasar largos minutos pegado a ese mágico objeto redondo, patearlo y dejarte llevar por su seductora esencia es la ilusión de cualquiera, todavía más cuando recibes ingresos por ello.

Se dice que una cantidad considerable de quienes vamos a un estadio lo hacemos por el deseo de entregar, al menos por 90 minutos, nuestra responsabilidad de librar una batalla diaria en el talento y debilidades de once seres humanos. Quizás sin entenderlo del todo, cada futbolista carga sobre sus espaldas con la esperanza de cada uno de los seguidores que asistió a apoyarlo, además de las de otros tantos millones que siguen las incidencias de un cotejo a través de los diversos medios de comunicación. Y eso, permitir que otro hiciera maravillas con la pelota, es lo que yo permití hace algunos años, en los que me decidí a estar muy al pendiente de las andanzas de un jugador que se salía de la norma, que amaba al deporte más popular del planeta por encima de cualquier cosa.

El silbatazo inicial

Cuando menos me lo esperaba, y pensando que ya lo había visto todo en materia de fútbol, me topé con Juan Ramírez Bustos, hombre de baja estatura, de personalidad agradable para sus seguidores y con un talento natural para establecer un romance con la pelota. Ahí estaba él, sobre la cancha, dominando la redonda y disfrutando cada instante en el que el balón se convertía en una extensión de su cuerpo. Los ojos de nosotros, los aficionados, se negaban a parpadear con tal de no perdemos un solo detalle de lo que ocurría frente a nosotros.

Para abajo, para arriba; hacia la izquierda, hacia la derecha, de nuevo para arriba... y se viene el remate espectacular, la chilena letal con una dirección precisamente calculada para que el balón no vaya más allá de las peculiares redes. Incluso si quienes lo vimos hubiéramos tenido papel y pluma a la mano, nos hubiera costado trabajo diagramar cada uno de los movimientos realizados por uno de esos jugadores que en cuestión de segundos te atrapa para siempre y te obliga a volver al campo de juego.

La curiosidad hizo que, por separado, cada uno de los que observábamos su accionar investigáramos aún más detalles sobre él, pues hasta antes del partido que libró frente a nuestros ojos no había hecho absolutamente nada, ni siquiera existía en la inmensa masa de habitantes de la Ciudad de México.

Minuto 45

Días más tarde, aprovechando que gozaba de un tiempo libre, volví para disfrutar del espectáculo. No sabía si lo encontraría, pues es natural el temor a que una experiencia se convierta en rutina a partir de la segunda ocasión. Pero no fue así: disfruté, de nueva cuenta, sus malabares con la pelota y volví a desear sentirme tan libre como ese individuo al que le bastaba el talento con las piernas para ganarse la vida en las transitadas y contaminadas calles del Distrito Federal.

Ahí estaba él, con la de gajos en los pies y con un cronómetro incrustado en el cerebro para saber con exactitud cuándo debía comenzar su número artístico-deportivo y cuándo finalizarlo con el remate espectacular que llevaría el balón justo a la caja o a la cubeta que él utilizaba como destino final para un balón que ya no sufría al estar en las redes ficticias; prefería aguardar con paciencia a que el semáforo volviera a ponerse en rojo y así reanudar la acción.

De tanto pensar en el talento futbolístico de ese singular jugador, no atiné a darle la moneda que consideraba merecida para su talento. Bueno... en realidad la que podía darle, porque si tuviera que ver con auténticos merecimientos habría cambiado la recompensa de diez pesos por un billete de alto valor.



Curioso que de un día para otro me gustara ver el alto en el semáforo. Y varios más pensaban como yo, pues aunque no lo dijeran expresamente, la velocidad de los automóviles que conocían el espectáculo casi gratuito que estaban por ver disminuía radicalmente en esa cuadra en la que se mezclaba el amor por los deportes y la nostalgia de saber que grandes talentos deportivos se pierden entre la pobreza y la desigualdad que a diario azota a nuestro país.

Minuto 80

Confieso que nunca antes me había inquietado la idea de establecer una relación más estrecha con limosneros. La sociedad y el entorno nos enseñan a desconfiar de ellos, a pensar que son personas irresponsables que prefieren abrir la palma de la mano para exigir lo que ellos no son capaces de generar con su trabajo. Pero de muy poco me importaron los paradigmas y decidí entablar una conversación con Juan Ramírez. En esa primera plática, en la que él se mostraba algo apurado por seguir visitando a los automovilistas antes de que apareciera la señal de siga en el semáforo, fue como supe su nombre.

En los días siguientes, busqué cualquier pretexto para pasar por esa calle, ubicada al Sur de la mal llamada "Ciudad de la Esperanza". Estoy seguro que ustedes, como yo, saben que dominar la pelota no siempre es garantía de ser un jugador práctico y útil para los principios colectivos, por lo que no aguanté las ganas de preguntarle si jugaba partidos en algún lado. Y sí: lo hacía una o dos veces por semana, al igual que los futbolistas profesionales. Le pregunté dónde y así fue como supe cuál iba a ser mi lugar de destino el siguiente domingo por la mañana.

Llegué al lugar de la cita no pactada y noté, a golpe de vista, que no era el único que estaba siguiendo sus pasos. Un grupo nutrido de cerca de 50 personas se encontraba alrededor de la cancha de tierra en la que estaba por escenificarse una nueva batalla. Miré hacia uno y otro lado hasta encontrar a Juan Ramírez, quien había dejado de lado sus pantalones rotos y sus tenis polvorientos, para colocarse un uniforme blanquiazul de marca desconocida, más adelante sabría que esa indumentaria correspondía a los Coyotes, y unos tachones de fútbol que se veían desgastados y, casi con seguridad, malolientes.

Ya el tablero y sus piezas estaban dispuestos para que se produjera el pitido inicial. Los Coyotes y las Panteras se medían en un torneo que nunca pensé que llegaría a importarme; es más, hasta antes de toparme con Juan Ramírez ni siquiera contemplé la posibilidad de saber el nombre de una competencia destinada a perderse en el anonimato, tal como sucede con la gran cantidad de justas que no cuentan con una cobertura mediática.

A la distancia, escuché el sonido emitido por el silbato del árbitro para dar inicio a las hostilidades. Lo que a continuación presencié me dejó extasiado y con ganas de entrar al terreno de juego para ser uno más de los actores secundarios que engalanaban la enorme capacidad de esa persona que a diario viajaba con un balón para intentar ganarse la vida y lograr que los automovilistas que pasaran por su zona de trabajo se dignaran a darle unas cuantas monedas.

Fue en el primer cuarto de hora cuando el número diez de los Coyotes tomó la pelota desde la cintura del campo, se quitó a un par de hombres y enfiló hacia la medialuna, donde sacó imponente disparo para estremecer las redes y generar los aplausos de los presentes. El equipo rival tuvo más poder de respuesta que el que yo esperaba. Diez minutos después de que se abriera el marcador, un error del arquero blanquiazul permitió que los cartones se emparejaran.

El tiempo de la primera mitad se consumía. Ramírez había estado muy activo. Lanzaba pases a profundidad con precisión milimétrica y lo mismo driblaba con la pierna derecha que con la izquierda; sin embargo, el cancerbero de las Panteras aprovechaba la poca eficacia de la delantera oponente para congelar el peligro y así perfilar que su escuadra no se fuera perdiendo al entretiempo.

Y llegó el segundo chispazo, la jugada genial. Ya con el silbante mirando su cronómetro, apareció el limosnero mencionado para tomar la pelota en tres cuartos de cancha, quebrarle la cintura a un marcador, enfilar hacia línea de fondo y mandar diagonal retrasada para que uno de sus coequiperos simplemente empujara la pelota hasta el fondo de la malgastada puerta enemiga. Hora de ir a un descanso más breve de lo acostumbrado, pues el hombre de negro advirtió con la mano a los jugadores que debían apurarse para que el otro cotejo programado empezara sin alteración alguna.

La tentación de ir a saludar a quien en cierta forma se estaba convirtiendo en mi obsesión futbolística rondó mi mente. Lo medité y decidí que era mejor esperar a que concluyera el duelo. Además, por más buen jugador que fuera, me negaba a entablar una relación estrecha o de admiración hacia alguien que pedía dinero en la calle y que, con toda seguridad, tendría cualquier cantidad de vicios.

En cuanto iniciaron los últimos cuarenta y cinco minutos, me quedó claro que la misión del equipo contrario al de Juan consistía en golpearlo hasta que dejara de tener tanta movilidad. Y lo consiguieron, pues después de un destacado regate de izquierda a derecha, el número cinco rival le realizó una fuerte plancha al tobillo derecho. Ramírez se incorporó, pero a partir de ese momento -minuto 60 de tiempo corrido- no volvió a ser el mismo, aunque permaneció en el terreno de juego ante la inexistencia de sustitutos en el banquillo. Gajes del balompié llanero...

El panorama se ensombreció aún más. A falta de cerca de diez minutos para el desenlace, las Panteras empujaron hasta conseguir el tanto que devolvía la paridad al marcador. Entretanto, el objetivo de mi visita cojeaba notablemente y tocaba muy esporádicamente la pelota.



Un tanto decepcionado por el empate, reflexionaba sobre quedarme o no para charlar con el mejor futbolista ambulante que había visto en mi vida. Y así fue, en ese preciso parpadeo mental, en el que debió empezar a gestarse la más grande demostración de talento y capacidad que me haya tocado ver en vivo. Cuando yo reaccioné, la de gajos estaba en tres cuartos de cancha por la izquierda. El ocho de los Coyotes engaño a su marcador con un pique fingido hacia el centro para de inmediato profundizar por el mismo carril y mirar con fugaz velocidad hacia el área. A primera vista, pensé que la de gajos iba hacia el rematador que se encontraba colocado por el área penal. Pero no... la pelota iba más atrasada, hacia un jugador que cojeando iba hacia ella. A continuación, Ramírez, ante lo difícil de rematar de volea, se colocó de espaldas y desafió las leyes de la gravedad al suspenderse en el aire y conectar con pierna zurda un balón que terminó incrustándose en el ángulo superior izquierdo de la meta enemiga. No hubo tiempo para más. Todos, incluido el arbitro, queríamos irnos con esa épica estampa futbolera, con esa imagen que de haber sido realizado entre equipos profesionales habría quedado guardada para siempre como una de las más hermosas en la historia del balompié.

Minuto 90

Esperé a que la gente se dispersara y a que la atención se centrara en el enfrentamiento que estaba por comenzar. Seguí con la vista a Juan Ramírez, quien solamente se había limpiado el sudor con la misma toalla con la que lo hacía en el día a día en su vida de limosnero y tomado una bolsa de plástica en la que llevaba su balón y sus tachones, de los cuales ya se había despojado para volver a sus polvorientos tenis. Le fui dando alcance de a poco hasta que él mismo disminuyó la velocidad. Lo felicité por el partido y le pregunté por qué no iba a probarse a un equipo profesional. Se limitó a esbozar una sonrisa y a apurar el paso, como si tuviera algo de prisa. Lo dejé de ir, pero después de que el diera dos o tres pasos, volví a llamarle al tiempo que, impulsado por el sentimiento natural de un aficionado que tiene a un ídolo sobre el campo de juego, sacaba los dos únicos billetes de quinientos pesos que traía en la cartera y se los ofrecía. Sus palabras me dejaron una lección de vida, de amor al arte. "Gracias, pero no se lo voy a aceptar. Yo no quiero ser profesional, no quiero ganar montones de dinero. Sólo quiero jugar y tener lo elemental para vivir. Pido cinco o diez pesos a la gente, pero nada más, porque lo demás me lo da el fútbol".

sábado, 17 de julio de 2010

Fútbol en el infierno

"En el infierno todo es diferente

Susurran las hojas quemadas de los árboles

La casa de los muertos se olvida de las horas

El timbre de la puerta despide ráfagas de fuego

La colina esta colmada de cuerpos indecentes

La habilidad se consuela con un salmo sin memoria

Niños salen de la hoguera devolviendo la esperanza

El amor habita el calor en manos arrugadas

Y yo me asomo desde una roca, amiga del sol,

A ver el triste cosquilleo de una muerte mal vivida."



El infierno se había convertido, de un tiempo a esta parte, en un verdadero infierno. Todo comenzó en el momento en que en la Tierra se inventó eso que los humanos llaman “fútbol”. Durante los cinco mil primeros años de existencia del averno, las almas pecadoras que en él caían olvidaban pronto, a fuerza de tormentos, las pasiones que en vida les ocuparon. Pero, desde hacía un siglo, cada vez llegaba al Hades un mayor número de seres que se resistían a olvidar, incluso bajo las más terribles torturas, la que fue su gran pasión terrenal: el fútbol.

Satanás aguantó lo que pudo, pero finalmente hubo de tomar una determinación, ya que a él mismo, acostumbrado al sonido del llanto más desgarrador, se le hacían insoportables los lamentos, súplicas y chillidos que, desde hacía cien años, gobernaban el infierno cada domingo. Por ello, a pesar de su propia voluntad, accedió a dar dos horas de descanso a las almas impenitentes, cada domingo, para que durante las mismas pudieran ver un partido.
Fue su perdición. Pronto la cosa se le fue de las manos.

Resultó que los pecadores no se conformaban con ver simplemente un partido a la semana. Cada uno de ellos tenía su propio equipo, y protestaba cuando emitían algún partido del rival, aún más enérgicamente que cuando no había concesión ninguna. Tras unos meses en los que los que los altercados se sucedieron, Lucifer cedió de nuevo. A petición suya, varios diablos pasaron semanas instalando cientos de pantallas de televisión para poder dar cobertura a los miles de partidos diferentes que los pecadores exigían ver. Con esta medida, El Maligno esperaba poder descansar por fin los domingos, tal y como hacía su antónimo allí en el Cielo. Pero fue en vano. Tan pronto como los pecadores pudieron disfrutar del partido de los domingos de sus equipos, las reivindicaciones crecieron. Un día algunos exigían poder tener radios. “Nada puede sustituir las retransmisiones radiofónicas”, decían. Otro, se armó un enorme revuelo porque había comenzado la Copa de Europa. La sesión de los domingos, hubo de hacerse extensiva a los martes y los miércoles. Después, resultó que nada era el fútbol sin el café de los lunes, en el que se comentaban los lances de cada partido. El infierno, entonces, se vio inundado de cafeterías en las que las almas en pena, en lugar de pagar sus pecados, comentaban alegremente la victoria del día anterior, el magnífico gol del delantero brasileño y, las más de las veces, discutían sobre si fue o no penalti. Pronto, además, comenzaron a surgir pequeñas ligas en el averno. Los pecadores se agruparon en equipos, exigieron uniformes –ignífugos-, balones y porterías. A esa misma reivindicación se sumaron, inmediatamente, otros habitantes del infierno, como demonios –cuyo equipo se llamaría “Los diablos rojos”-, espectros, monstruos, ángeles negros y demás. Se crearon estadios, peñas de seguidores. Árbitros no faltaron, resultó que había cientos de ellos que pagaban eternamente por sus pecados. De la nada, surgieron también representantes que ofrecían jugadores a bajo precio, debates organizados, periódicos deportivos e incluso selecciones regionales. En ellas, los judíos representaban al Gehena, los griegos al Hades, los hinduistas tenían nada menos que veintiuna selecciones, dependiendo del pecado por el que cada uno de los jugadores había terminado pagando. Pronto todo quedó organizado y se disputaría el primer Mundial Infernal de Selecciones.

Para cuando Satanás quiso darse cuenta, todo el infierno, pues, respiraba fútbol. Y por primera vez en miles de años de existencia, el Ángel Caído añoró el Paraíso, donde, los domingos, sólo se dedican a la oración.




sábado, 15 de mayo de 2010

Panenka y el penalti suicida


Mientras el tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve
(Antiguo proverbio griego)


"Living on a razor's edge.
Balancing on a ledge." (Iron Maiden - The Evil that men do)

Pocas veces en el mundo del fútbol ha quedado reflejada de forma tan fiel la temeridad. Ese instante de locura que te hace jugarte el todo o nada con un farol desesperado con tan sólo una triste pareja. Un salto al vacio sin pensar en los siete pisos de caída libre que te esperan. Antonín Panenka un centrocampista checo escribió el 20 de Junio de 1976 toda una metáfora del fútbol y de la vida.

El escenario, el Crvena Zvezda Stadium, Belgrado, la excusa, la final de la Eurocopa de 1976, el rival la temible Alemania de Beckenbauer, Höness y Muller. Entre los participantes de aquel campeonato algunas selecciones míticas, la “Naranja mecánica” de Cruyff en todo su apogeo, la U.R.S.S del genial Blokhine y una España que con una delantera de lujo formada por Santillana y Quini sería uno de los fiascos del campeonato quedando última de su grupo.